Cuando algo acaba siempre nos queda esa sensación de fracaso, de metas no logradas, de sueños no cumplidos, de promesas incumplidas...
Pero, no solo existe esa sensación sino que al cóctel se le suma un mar, o más bien un océano, de dudas, de todas aquellas preguntas sin respuesta que rondan tu cabeza en cada segundo del día, que aparecen de repente sin previo aviso y te descolocan para el resto del día. Empiezas a preguntarte qué hubiese pasado si hubieses hecho las cosas diferente, de una u otra forma, que hubiese pasado si nada hubiese acabado, hasta dónde podrías haber llegado o desde cuando debía de estar terminado.
Y lo peor de todo el cóctel, es cuando ese punto que debería ser final se convierte en unos puntos suspensivos que hacen que tu cabeza no para de dar vueltas y que no te hace nada bien. Unos puntos suspensivos que aparecen cuando todo parecía volver a estar bien, en el sitio donde debía de estar, para cambiarlo todo y que te hacen dar cuenta de que te estabas engañando a ti misma, de qué no habías superado el final, que no lo habías olvidado aun. ¿Y ahora que se supone que se debe hacer?
Qué es lo que se supone que debes hacer cuando no eres capaz por mucho que te esfuerces, de poner un punto y final y mostrarte tajante, de quererte a ti misma por una vez y decir NO cuando debes decirlo y dejar las bobadas para otros que deseen aguantarlas.
Después de mucho tiempo, parece que al final, de todo se aprende y aprendes que cuando algo se acaba, se acabó y no hay más vuelta de hoja solo te queda aceptarlo y seguir adelante, olvidar todo y poner ese dichoso punto y final que deberías haber puesto hace ya mucho tiempo.

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